Así se hizo el gran atlas de la biodiversidad colombiana

Maria Paula Rubiano

¿Hacia dónde expandir la frontera agrícola? ¿Cómo saber dónde es mejor declarar un área protegida? Estas preguntas y más pueden responderse con la plataforma Biomodelos 2.0.

En Colombia han sido identificadas cerca de 55.000 especies, lo que convierte al país en el segundo más biodiverso del planeta, sólo después de Brasil. iStock y Mauricio “Pato” Salcedo – WCS

Si a usted le preguntan dónde puede ver un chigüiro, lo más probable es que responda que en los Llanos Orientales. Pero si le preguntan si debería permitir la siembra de arroz en cierto municipio de Guainía, teniendo en cuenta la supervivencia de los chigüiros, probablemente se quede mudo.

Eso era lo que pasaba cuando Jorge Velásquez y María Cecilia Londoño, ambos biólogos del Instituto Humboldt, decidieron crear la plataforma Biomodelos, un atlas virtual que permite saber la ubicación exacta de una determinada especie en el país. “Biomodelos quiere ser la gran enciclopedia, una especie de atlas de la biodiversidad que va por fascículos”, explica Velásquez.

Y ¿para qué? Las respuestas son variadas: desde saber cómo planear un POT hasta qué tan amenazada está una especie, o cómo debería ampliarse la frontera agrícola. Los biomodelos sirven, según los investigadores, para tomar mejores decisiones de manejo ambiental. De hecho, el Instituto Humboldt señala que los biomodelos han servido para redactar el Libro rojo de aves de Colombia y el Plan de Ordenamiento de la cuenca del río Ranchería, en La Guajira.

¿Cómo funciona?

La historia de esta plataforma se remonta al año 2013, cuando Jorge Velásquez empezó a trabajar en el recién creado Laboratorio de Biogeografía Aplicada del Humboldt. Cuando él y María Cecilia Londoño empezaron a buscar información sobre dónde están ubicadas las especies del país, se dieron cuenta de que era escasa, estaba fragmentada o muy incompleta.

“Cuando los biólogos van a campo terminan con un reguero de punticos por el territorio para cada especie, pero no sabemos qué es lo que está pasando entre esos punticos”. Por eso se dedicaron a hacer modelos de distribución de especies que, aunque suenen complejos, son básicamente predicciones hechas con la ayuda de fórmulas matemáticas sobre los lugares de un mapa donde es posible encontrar determinada especie.

“Lo que hacemos con estas herramientas matemáticas es tratar de inferir qué pasa entre los punticos donde los científicos ya vieron esa planta o animal: ¿está o no está presente esa determinada especie? Esto nos permite pasar de puntos a áreas, y una vez tenemos áreas es posible cruzarlas con capas geográficas de deforestación o de otras actividades humanas”, explica Velásquez. Es algo así como si usted pudiera preguntarles a plantas y animales por su dirección exacta y luego, con esas direcciones, mirar en qué barrios es más probable que vivan.

Pero construir semejante mapa para las 55.000 especies que se han identificado en el país no parecía viable para los seis integrantes de Biomodelos del Humboldt. Fue entonces cuando decidieron abrir la plataforma para que los investigadores, académicos y miembros de ONG de todo el país aportaran los datos que tenían guardados en sus computadores o en sus libretas de campo. Después de lanzar el piloto en 2014, ya tenían 5.800 mapas alojados en el sitio web.

No obstante, los investigadores del Humboldt decidieron ir más allá: querían presentarle a la gente los mejores datos disponibles. De antemano sabían que las fórmulas matemáticas no son infalibles, y que a veces sus predicciones no son reales. “La receta matemática de los mapas de distribución de especies ya está más o menos inventada. La cuestión es saber si esos resultados tienen un sentido biológico o no, y ese es el valor agregado de Biomodelos 2.0”, señala Jorge Velásquez.

Ahí entraron al panorama los 387 expertos con quienes han construido la propuesta. María Cecilia Londoño asegura que, de hecho, es la primera vez en el mundo que se hace un esfuerzo tan monumental y colectivo para saber cómo se distribuyen las especies de un país. Los científicos se reúnen en mesas de trabajo por especies o grupos (mamíferos, anfibios) y empiezan a editar los mapas.

“Por ejemplo, las tres cordilleras hacen que la historia evolutiva de las especies sea muy diversa. Con estos procesos de modelamiento, usando la ‘receta’ de la que habla Jorge, aparece como si una especie viviera en las tres cordilleras, pero ahí es cuando uno lo mira con los expertos, que dicen: ‘No sea bruto, eso nunca pasó a la Central, se quedó siempre en la Oriental’. Ahí se corta, se edita y se deja la especie en los lugares que vamos señalando”, explica Londoño.

Al ser un trabajo voluntario y colectivo, la revisión de cada mapa puede tardarse entre un año y un año y medio. Por eso, a pesar de que están revisando los 5.800 mapas que les han compartido desde 2014, enBiomodelos 2.0 sólo quedarán disponibles 498 para consulta pública.Hay palmas, hay plantas del bosque seco, aves, primates, reptiles e insectos.

El trabajo les fue mostrando las diferencias abismales de la información disponible sobre las especies de los Andes con otras regiones, como el Pacífico, la Orinoquia o la Caribe. Además encontraron que, en comparación con su enorme diversidad, los insectos y otros invertebrados han sido poco estudiados. Esto es grave, puntualiza Jorge Velásquez, pues “si no tenemos modelos para saber en dónde están las especies, nunca sabremos cuál es la magnitud de los daños que les causa el hombre con sus procesos de transformación de la tierra”.

Para esta segunda versión, los investigadores del Humboldt sólo incluyeron los patrones de deforestación y la presencia en áreas protegidas de las especies con el fin de saber qué tan grave es la amenaza que recae sobre ellas. “El sueño es hacer modelos que tengan en cuenta factores como el cambio climático, por ejemplo, y presentar escenarios a futuro”, dice Londoño. Este año, los investigadores están desarrollando la “receta” para predecir el modelo para los peces de los cientos de ríos del país.

La versión 2.0 de Biomodelos espera acercarse a otros públicos que no sean necesariamente parte de la comunidad científica. “Esperamos, ojalá, que por ejemplo en las tareas del colegio los niños se metan a buscar el mapa de los departamentos donde se encuentra el oso de anteojos”, señala María Cecilia Londoño, y agrega: “Queremos que la gente entienda la magnitud de la biodiversidad de este país”.

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